martes, 15 de enero de 2013

El libro de Perón.




Después de publicar el libro sobre el vino nicoleño comenzaron a orbitarme una serie de datos que corregían o aumentaban los de la investigación. Algunas personas se acercaban y me contaban que en la quinta tal había pasado tal cosa, que en tal lugar todavía se conservaba tal objeto o que lo que yo aseguraba no era tan así. Durante un tiempo copié todos esos detalles y todavía los guardo para algo que no se que será. Pero a la mayoría de ellos los olvidé; excepto a uno. Una tarde se me acercó una persona que se presentó como Sergio Quallio. Me dijo que tenía un libro para prestarme. Que me iba a interesar. Una especie de incunable de la década del 40 que contenía sorprendentes datos estadísticos sobre la San Nicolás de entonces. Me dijo que se había editado en el primer peronismo y que tenía toda la impronta de aquellos años. Desde aquel momento pasó a ser para mí El libro de Perón. Así lo anoté en la agenda para no olvidarme de buscarlo. Quedamos en que yo lo llamaría. Pero pasó el tiempo y también lo olvidé. Pensé que él también lo había olvidado o lo había desilusionado mi apatía ante tamaño documento. Varios meses después volvió a aparecer, de improviso, mientras yo caminaba por la vereda de calle Bolívar. Me pidió disculpas por haberse ausentado tanto tiempo. Me contó que había prestado el libro y no se lo habían devuelto y que pensaba que lo había perdido, pero ahora lo había recobrado y quería dármelo definitivamente. Esas idas y vueltas convirtieron al libro en un objeto más apetecible. Como si la dificultad de acceder a él lo dotara de un valor adicional. Esto tenía también su contra, ya que la expectativa aumentaba. Mientras hurgaba en bibliotecas buscando datos para la investigación sobre el vino me topé muchas veces con personas que me acercaban el dato preciso que después no pasaba de ser una superstición. Pero este libro me generaba otro magnetismo. Quizá por eso del peronismo. Por la forma en que esa ideología se materializó en esta ciudad que mis padres eligieron para hacerme nacer. Sobre todo el ascenso social. Así que esta vez no deje pasar más el tiempo y nos citamos con Sergio en su estudio de calle Alvarez. Allí me lo dio.
No creo que haya otro ejemplar en la ciudad. Sin haberlo conocido antes aseguro que busque este libro con desesperación. Busque los datos y lo que este libro significa con desesperación. Es un clásico volumen amarillento, que soportó con holgura el paso del tiempo, sobre todo por la encuadernación cosida y el gramaje de sus páginas. La tapa está pegada con cinta scotch y carece de contratapa. Fue editado en el año 1948 por el Instituto Agrario Argentino. Es el número 61 de la colección Reseñas Argentinas y se titula Reseña general, histórica, geográfica y económica del Partido de San Nicolás de los Arroyos. La edición fue subvencionada por el Superior Gobierno de la Nación.
El libro tiene siete capítulos: 1. Reseña histórica. 2. Reseña geográfica. 3. Estudio fisioagronómico y producción agropecuaria. 4. Reseña económica. 5. Acción educativa, social y cultural. 6. Acción comunal y comunicaciones. 7. Planificación urbana y rural de San Nicolás. Está precedido por 30 páginas donde se detallas las actividades del Instituto Agrario, se describen sus comisiones, sus sedes y sus publicaciones.
Está escrito en un lenguaje entre académico y político y resalta su voluntad de divulgación de las políticas estatales del primer peronismo.

El capítulo uno es una reseña histórica de los hechos más significativos de la ciudad, basada, paradójicamente, en las investigaciones del historiador antirrosita José De La Torre. Hay también una descripción de la Casa del Acuerdo basado en un trabajo del primer Juez Federal de San Nicolás Alejandro Elguera Belgrano. En la introducción, un autor anónimo, deja entrever, en un discurso épico, las marcas de un narrador militante. Dice:
“Viajar a San Nicolás de los Arroyos, ya predispone el ánimo a encontrar en la meta el clima de historia y de patria que surge de la actuación de ese pedazo de suelo argentino. La ciudad, de tipo netamente colonial, conserva como al descuido, sin darle trascendencia, sus frontales históricos y sus construcciones típicas, ya tan en desuso en otros lugares del país. El ritmo moderno que le impone el hecho de ser la cabecera de las actividades de la provincia de Buenos Aires en esa parte septentrional del importante Estado; su situación geográfica de privilegio —por sus condiciones excepcionales de puerto natural de ultramar—; sus tribunales ordinarios, que abarcan seis partidos adyacentes; su fuero federal, con asiento en la ciudad; la aduana; la dirección de zona de la Policía Provincial; el destacamento de Gendarmería Nacional y el de la Policía Federal; las autoridades de la Subprefectura Marítima, etc., hablan ya de una gravitación que no escapa al observador desde ningún punto de vista. Ciudad chata y limpia, vestida de dama antigua y engalanada con las luces del progreso, allí se concitan las rejas coloniales con el confort de sus modernos hoteles y las anchas paredes con la importancia de sus establecimientos comerciales. Las industrias —complementos de las actividades primarias—, y en especial las grandes plantas, tienen en San Nicolás el centro de sus cometidos, pudiendo citarse entre otras —que se detallarán en el capítulo correspondiente—, las fábricas de alcohol anhidro y la segunda planta siderúrgica argentina —en comienzo—, que abarcará una extensión aproximada de 3.000 hectáreas. Con ellas como acicate, con la población que requiere el establecimiento de las mismas como nervio, y con el ánimo de empuje Patriótico que la caracteriza, esta ciudad de San Nicolás de los Arroyos y su partido están llamados a grandes destinos en breve plazo. Si la felicidad de los pueblos dependiera de una valoración justa de su aporte a la causa común, este partido tendría derecho como pocos a destacarse por justo merecimiento. No tan sólo las circunstancias de orden general, sino también otras de carácter local, han detenido desgraciadamente la marcha que ya había emprendido San Nicolás de los Arroyos hacia el auge y la grandeza material —ya que la espiritual es enorme—, lo que prueba que la fiebre de los intereses mezquinos puede a veces hacer tanto mal a una zona corno el más nefasto de los siniestros. San Nicolás de los Arroyos y su puerto —anteriormente a su estancamiento en manos de compañías particulares— eran centro indiscutido del comercio, habiéndose llegado en sus resultados económicos a sobrepasar los cálculos más optimistas de la época. Este floreciente emporio de intercambio comercial, compelido por los dictados de la especulación mal entendida y por la política de cerrazón económica erigida en sistema, permitió al paralizarse que otros centros como Rosario continuaran la marcha triunfal del progreso hasta las proporciones actuales —grado superlativo del éxito—, que también correspondía, sin duda alguna, a San Nicolás de los Arroyos. En estos momentos en que ilumina a los pueblos la clara luz de la justicia, en que la historia acusa una brusca detención en su ritmo erróneo y reencamina los acontecimientos a una mejor realización de los destinos, (negrita mía) puede asegurarse categóricamente que San Nicolás de los Arroyos reivindica del pasado su patrimonio económico, se plantea una marcha forzada —noble y patriótica—, ganando tiempo al tiempo, y se dirige con ritmo apresurado, pero segura y netamente, a colocarse en el sitial que le espera dentro del marco nacional”.
El puerto había sido nacionalizado por el gobierno de Perón en 1946. El 2 de marzo de 1947 Perón y sus Ministros vinieron a  San Nicolás a tomar posesión de las instalaciones. El puerto había permaneció deliberadamente inactivo largo tiempo debido a los intereses de una Sociedad privada que logró en 1903 la concesión por 70 años.
El capítulo finaliza con la carta que Urquiza le dirige al Juez de Paz de San Nicolás, al retirarse de la ciudad luego de la firma del Acuerdo. La carta lleva el membrete ¡Viva la Confederación Argentina!




El capítulo dos es una reseña geográfica del Partido de San Nicolás. En un lenguaje florido, que en muchos autores aún perdura, asegura:

Nazareno Bruschi con las moscatel de su parral

“De grandes consecuencias para su vida, la situación excepcional -de este pequeño partido le ha impuesto a menudo sacrificios y destinos heroicos, si se considera que debido a ella ha sido escenario de choques entre los intereses del Litoral e Interior, y sede de las mas grandes gestas organizadoras de la patria. Su historia y su geografia marcharon parejas en sus acontecimientos, y así, como en pocas partes, puede afirmarse que en San Nicolás de los Arroyos no solo se dan cita los emocionantes hechos del hombre, sino que ya en ellos se habían concitado los ornamentos de la naturaleza, mediante sus raudales de cristalina corriente y sus caprichosas barrancas fecundas en puertos naturales y en panoramas encantadores. Todo el horizonte es poesía en esta tierra cercenada por las curvas del río y las pujantes floraciones de sus riberas, ahítas de frutos y de flores.”

Hasta la década del 50 San Nicolás es considerada por historiadores y periodistas como una ciudad preindustrial. Este error está justificado en la poca difusión que tuvo la industria vitivinícola desde el final de la producción, en 1986, hasta la década del 2000, cuando los datos volvieron a conocerse. La instalación de Somisa en territorio arroyeño arrasó con todo el período anterior y refundó, simbólicamente, la ciudad. Esto explica que a la etapa anterior pueda llamársela preindustrial. Para refutarlo, solo un dato. En 1955 los vitivinicultores nicoleños produjeron once millones de litros de vino con uvas provenientes de 1200 hectáreas. Ningún periodista o historiador serio se animaría a descalificar esta industria. Todos quienes fueron sus contemporáneos la describen obnubilados por el paisaje que dibujaban las quintas de viñedos y frutales. También así está escrito en el Libro de Perón:

“En San Nicolás de los Arroyos… no se da tiempo el viajero en admirar la profusión de quintas, a cual de ellas más original y bien presentada. Sus prados, acondicionados por la naturaleza para la belleza, han sabido aprovecharse en grado superlativo, y es sin duda una sensación de aroma y pureza la que se recibe al atravesar las floridas huertas de frutales, que ostentan el emblema florido de sus colores como homenaje al trabajo y a la felicidad. Si dijéramos que en todo el territorio de su circunscripción no existe excepción a esta regla general, el lector podría suponer nuestro partidismo por este pedazo argentino, pero no es así. Las estadísticas acusan un índice de subdivisión que hace posible esta afirmación. Como complemento de este aspecto, el río, con sus románticas y caprichosas vueltas en torno de esas quintas, pareciera que las abraza continuamente, cuidándolas, encariñado con sus galas”

Fiesta de la Virgen de Copacabana en el Santuario


Después analiza el aumento de la población desde antes de la fundación, en 1748, hasta la década del 40. Y en vista de la futura radicación de Somisa presagia un aumento geométrico de la población y advierte sobre la necesidad de planificar y gestionar ese aluvión.

“En mayo de 1947, alcanza la cifra de 42.427 habitantes. Estas cifras podrás ser quizá duplicadas en breve con motivo de la afluencia a San Nicolás de las grandes industrias, de manera que debe sopesarse este factor como indispensable para el funcionamiento de las mismas.
Su suerte está hechada. Sus hijos, siempre destacados y afanosos conservadores de sus valores, se han abocado a la difícil tarea de encauzar esta corriente, coordinando su función progresista sin dejar de lado los problemas que plantea a la ciudad y sus valores auténticamente históricos.
Al adecuar este contingente a la nueva faz de la ciudad y el partido, San Nicolás de los Arroyos será nuevamente el crisol donde se fundirá el anteproyecto de lo que luego, sin duda, será molde definitivo para la patria.”

“Sus hijos”, es decir el poder político e inmobiliario hizo un gran negocio vendiendo los terrenos donde se levantaron los barrios para los obreros que llegaron desde las provincia y países limítrofes a crear “el crisol” que fundó el proyecto industrialista estatal del peronismo. Algunos de estos barrios, construidos en cauces naturales, todavía hoy se inundan. Otros fueron levantados tan alejados del casco urbano que recién hoy fue posible llevarles el agua, las cloacas y gas natural. Señalo esto porque muchos de los discursos que circulan sobre las dificultades urbanas actuales de San Nicolás se justifican en la sorpresa de lo que fue el aluvión inmigratorio y en la inexistencia de la idea de planificación. Vemos, sin embargo, que el Instituto Agrario Argentino ya lo advertía en 1948.
San Nicolás es una ciudad de paradojas. En 1947 todavía no era nicoleña. Era arroyeña. Arroyeños son los nacidos y criados. Nicoleños se llamó a la mezcla de NYC e inmigrantes interiores. A pesar de que los Arroyeños son el ADN de nuestro típico conservadurismo sus hijos crearon el ERP. Los nicoleños, desarraigados, folkloricos y melancólicos, basaron su patronímico en el patrono de la ciudad San Nicolás de Bari, es decir en lo religioso, el segmento más conservador de la sociedad. Esa provincianía, lo invadió todo. Y si bien no hay una Fiesta Nacional de la Empanada todas nuestras prácticas están tiznadas por el regionalismo del que aún no podemos escapar.
Otra paradoja. En 1947 la mitad de la población vivía en el campo. Eran inmigrantes europeos, sobre todo italianos, y sus hijos, es decir la primera generación nacida acá. La mayoría hablaba el dialecto del lugar de Italia donde procedían. Predominaba el genovés. También conservaban sus comidas, sus familias numerosas, su vestimenta, sus festividades, su algarabía, su tesón, su religiosidad, su nostalgia. Colonizaron el campo, crearon instituciones, edificaron una cultura. Pero a nada de eso fue permeable la ciudad. Todo circuló en el área restringida de las quintas. En toda la historia de la Sociedad Italiana no hay uno de esos apellidos que integre la Comisión Directiva. Con el tiempo, sus nietos, rápidamente, se hicieron nicoleños y su huella implotó en las entrañas del monstruo devorador y un mundo se desvaneció, como se desvanece un sueño.


El capítulo 3 es una descripción de la zona rural. En 1878 el gobierno de la provincia de Buenos Aires aprobó la traza de la ciudad (realizada cuatro años antes) la cual quedó dividida en manzanas, quintas y chacras. La explotación agrícola ganadera se realizaba en la zona de chacras, es decir el sector más alejado del casco urbano. Se destacaban los cultivos de maíz y lino. Pero el sector que durante 100 años le dio identidad a la zona rural fue la de las quintas. En el libro se la describe de esta forma:
“Donde se nota mayor progreso y mejor situación económica de los hombres que trabajan la tierra, es en aquellos que explotan quintas, con montes frutales, viñedos, viveros, etc. La mayor parte de estos son propietarios que se desenvuelven con holgura y que llevan muchos años, algunos más de cincuenta en esta explotación. Es casi regla general que todas las quintas tengan anexada la pequeña bodega, donde elaboran el vino, con uvas de sus viñedos, no sólo para su consumo, sino para la venta. Es digno de destacar el grado de adelanto de que disfrutan estos productores, que en nada tienen que envidiar a los agricultores modelo de Europa o Norteamérica, pues tienen en su casa todas las comodidades y halagos que puedan pedirse no ya en el campo, sino en las mismas ciudades. El origen de esta población es casi netamente italiana y algunos franceses, casi todos llegados como emigrantes a estos suelos, sin más patrimonio que su juventud, su ardiente deseo de trabajo y su fe inquebrantable en el porvenir. Es corriente en estos propietarios que tengan como mediero a un sobrino, a un hermano o algún otro pariente, o un simple obrero rural, quienes en el futuro serán los propietarios que con su voluntario arraigo definitivo continuarán la orientación impresa a esas actividades y le implantarán las mejoras que oportunamente le vayan siendo necesarias como ha venido ocurriendo en su evolución hasta la fecha”
“Toda la producción de fruta es absorbida por la ciudad de Buenos Aires, a la cual se la transporta en camiones, que se cargan en las quintas al terminar la tarde, marchan de noche y descargan de madrugada en la capital. Lo mismo ocurre con las frutas transportadas por medio de ferrocarril. Los viveristas colocan su producción en distintas zonas del interior de la República. A pesar de los pocos viveros que existen, 30 en total, han vendido en el año 1944 la cantidad de 150.500 plantas, entre frutales, vides, olivos, forestales y de adorno”.
Actualmente quedan 3 viveros, de los cuales solo uno abastece al resto del país. Cuentan los viejos quinteros que en época de cosecha todas las tardes partía de la estación del ferrocarril Mitre un tren completo cargado de fruta hacia el Mercado de Buenos Aires. La producción frutícola llegó a ser más importantes que la de la vid, con el doble de hectáreas cultivadas. También recuerdan las experiencias de hibridación de variedades y mencionan una como auténticamente nicoleña, el durazno Mayflower-Nozzi, desarrollado por un quintero de apellido Nozzi y que también es mencionado en el libro (es la primera vez que encuentro este dato documentado). Toda esta producción fue desplazada por la industria metalúrgica y la transformación económica de la ciudad y actualmente solo queda una quinta de 25 hectáreas productora de frutas, perteneciente a la familia Regiuri.
Así fue descrita  la producción frutícola en el año 1948:
“Una de las explotaciones de la zona más firme en su marcha ascendente, es la fruticultura. Las quintas en el partido son de suma importancia por su gran rendimiento económico. Es realmente en esta explotación donde se ve el afán de superación que tienen las personas que a esto se dedican. Seleccionan las plantas madres, efectúan injertos para obtener variedades resistentes a las enfermedades y adaptar más las plantas a la zona. Lo que más se cultiva es el duraznero, existiendo gran cantidad de montes, con una superficie total de 2.950 Has., en las cuales hay plantados cerca de 1.180.000 durazneros en producción, con un rendimiento de 30 a 50 kgs. por planta, que varía según la edad de cada duraznero y del cuidado que se le dispensa a los mismos. En lo que respecta a la calidad, se puede asegurar que está a la par de las mejores frutas del país; nos lo dice la cotización que alcanza en el mercado de Buenos Aires, que es el que consume la totalidad de la producción, y que llega al precio de $ 5 a 7, término medio, el cajón de 30 Kgs. Entre las principales variedades se cuenta el Mayflower-Nozzi. Tiene esta variedad la característica de ser de madurez temprana, comprendida entre el 28 de octubre y 5 de noviembre, 10 ó 15 días antes que las demás variedades de la zona. Aunque no tiene gran aspecto, su sabor es agradable y tiene el mérito de que fue obtenida por un productor de la zona, llevando por ello su nombre. La ventaja sobre las demás variedades consiste en ser el primer durazno que llega a los mercados, por lo que obtiene precios de gran estímulo. Sin entrar en detalles sobre las demás, nombraremos solamente las variedades más importantes que se cultivan en la zona: el Mayflower común, Norteamericano 1ª y 2ª, El Favorito, Elberta, San Francisco, Sol de Mayo, etc., etc. Las principales enfermedades que atacan a estas plantaciones son: la cochinilla blanca o diapsis (Aulacaspis pentágona), la viruela holandesa o mal de munición (Coryneum Berjerinckü), enrulamiento de las hojas (Exoacus deformans), el gusano del duraznero (Cydia molesta), los taladrillos (Eccoptogaster rugulosus), la agalla de corona (Bacte-rium tumefaciens) y algunas otras de menor importancia. Para el tratamiento de estas enfermedades lo que más se emplea son soluciones de polisulfuro de calcio y caldo Bordelés, cuyas concentraciones varían según la época, la edad de la planta y la intensidad de la enfermedad. Se excluye de estos tratamientos la agalla de corona. El estado sanitario y de limpieza del cultivo es en general muy bueno en esta zona. Lo que le sigue en importancia al duraznero son los viñedos, cuyas planta( cubren 1000 has, de vides para vinificación y 150 has. para mesa con una cantidad de cerca de 5.175.000 plantas en producción y con un rendimiento de 8 a 9 mil kgs. por ha. Se le paga al productor 7 a 9 centavos por kg. por la de vinificar y de de 11 a 15 centavos por la de mesa. Las principales variedades que se explotan son la Francesa (tipo pinot), Valenciana, Moscatel blanca y rosada, como uva de mesa. Las enfermedades más comunes que atacan a estas plantaciones son: el Mildeu de la vid-Peronospora (Plasmopora vitícola), antracnosis (Gloesporium Ampelophagum). Estas enfermedades se combaten eliminando con la poda las ramitas afectadas y quemándolas juntamente con las hojas caídas; además se pintan las plantas con soluciones de sulfato ácido de hierro y con pulverizaciones de caldo Bordelés en las proporciones indicadas comúnmente y las veces que por el estado del tiempo e intensidad de la enfermedad lo hagan necesario.
El área cultivada de citrus alcanza a 350 Has, y con marcado incremento a su propagación, lo que constituye un grave error, porque si bien es verdad que las tierras son apropiadas para su cultivo, el clima es el peor enemigo, como lo prueban las últimas heladas, que han barrido completamente con toda la producción y han dañado en forma considerable las plantas. No debiera nadie dedicarse en gran escala a esta especie, pues se encuentra expuesto a serios y graves reveses por los motivos expuestos. Hay quienes desde hace arios luchan por conseguir tener un monte de cítricas, pero hasta la fecha no lo han obtenido. Han perdido tiempo, trabajo y dinero, pero insisten porque han hecho de ello una cuestión de amor propio.”
De todo esto nada queda en la campiña nicoleña. Solo los cascos olvidados de las bodegas entre campos de soja, el nombre de algún barrio allá lejos y el recuerdo de los quinteros a la espera de que alguien quiera escucharlos.


Datos estadísticos

Al final de este capítulo hay un anexo con datos estadísticos del censo agropecuario de 1937. Permite ver como se modificó el paisaje humano en el ámbito rural y también sus rutinas de alimentación o las demandas del mercado hortícola.
Sobre 1033 productores de la tierra, 514 eran argentinos, 384 italianos, 92 españoles, 21 franceses, seis brasileños y el resto eran uruguayos, alemanes, austíacos, belgas, húngaros, polacos, rusos y suizos. El 30% era analfabeto.
Sobre 1061 explotaciones había 734 chacras, 104 montes frutales, 61 quintas, 27 viñedos, 25 cría de ganado, 15 huertas, 9 tambos, 63 mixtas y 23 no determinadas. La mitas de los campos explotados tenía entre 50 y 75 hectáreas y había solo uno que tenia 621 hectáreas, lo cual habla de una gran diversificación de la tierra.
Sobre 1.131 viviendas 439 eran de ladrillo y barro, 368 de barro y cinc, 181 de ladrillo, cal y cinc, 61 de barro y paja, 44 de adobe, 18 de madera, 17 de cinc.
En cuanto a la producción agrícola con cifras de la campaña 1946/47 se sembraron en hectáreas: 31.500 de maíz, 11.000 de lino, 3.300 de trigo, 2.700 de alfalfa, 2.000 de papa, 1.300 de girasol, 575 de cebada, 550 de cebada forrajera, 300 de avena, 200 de batata, 100 de alpiste, 25 de cebada Cervera, 30 de sudán grass semilla, 20 de maíz de guinea y 20 de centeno.
La producción del maíz fue de 95.480 toneladas y la de trigo de 3.919 toneladas.

Según datos del Ministerio de Agrícultura de la Nación acerca de la producción hortícola en los periodos 1946/47 y el siguiente, lo que más se sembraba era la papa. Le seguían en cantidad de producción: lenteja, batata, arveja verde, tomate, cebolla, arveja seca, frutilla (15 hectáreas y una producción de 24 toneladas), poroto chaucha, ajo y poroto verde. Hoy, toda esta producción fue reemplazada por verdura de hoja (acelga, lechuga, achicoria, rúcula, repollo), zapallitos, remolacha y chauchas.

Por aquellos años la actividad rural más importante era la fruticultura, la vitivinicultura y la elaboración de vinos. Actividad que desapareció al arribo de la industria metalúrgica. Pero a mediados de la década del 40 nadie vislumbraba su desaparición. Al contrario, se proponía una mejora en la producción, para una actividad que desaparecería 30 años después.

“De especial gravitación para los afanes de la zona, la inclinación de sus cultivos frutícolas la ha colocado como una de las mejor dotadas por la naturaleza para este cometido, además de haberse adecuado su terreno facilitando esta clase de cultivos. Sin embargo, pese a las notas de privilegio que, tanto de la naturaleza como de la técnica, la indican para ser un emporio frutícola, San Nicolás de los Arroyos carece en este aspecto de una coordinación general que le permita adecuar las labores para un mejor beneficio de los fruticultores y de la especialidad en sí. En numerosas oportunidades los técnicos se han referido a este aspecto de la fruticultura, asegurando que "se está expiando el pe-cado de origen, ya que su formación se debe a un conjunto de esfuerzos aislados y divergentes. A estos esfuerzos les ha faltado la dirección superior que los coordine, para que se complementen y no se destruyan mutuamente. "El que aconseja plantar montes frutales de explotación, debe pensar previamente en el destino que se le dará a la fruta: mercado interno o externo. Si se piensa en el primero, se impone una experimentación previa y sistemática de las variedades que deben plantarse, porque de lo contrario, se cae en el absurdo de recomendar en todas partes las mismas variedades" (1). Un análisis de las estadísticas de la producción frutícola permite a su vez observar la misma falla en cuanto a la carencia de un alto tutelaje técnico del panorama general, y así los rendimientos por hectárea —muchas veces reducidos— obedecen a que, siendo únicamente reglados por el interés particular de su propietario, no tienen el ritmo que la técnica o la mejor colocación en cada zona indicarían como más eficiente. Desde el aspecto previo —que comentamos antes— hasta el proceso final de la comercialización de los productos, debe planificarse comprendiendo todas las partes que forman el núcleo frutícola, para así poder afirmar que una zona está en pleno rendimiento y que éste es de tanto o cuanto por hectárea. El empleo de maquinarias o sistemas modernos a menudo es imposible para el presupuesto de cada productor, y en cambio no lo sería para el conjunto. La Asociación Cooperativa soluciona en parte este aspecto, pero no termina con el inconveniente general. Debe encauzarse la actividad frutícola con vistas a su mayor desarrollo y a sus mejores resultados, y ello solamente se logrará mediante la. previa planificación amplia de todos los problemas que plantea esta actividad en la zona.

(1) De una conferencia del ingeniero agrónomo Isaac Grunberg, año 1932, sobre la fruticultura en San Nicolás y su zona de influencia.

En 1927, cuando el gobierno municipal estaba en manos de los radicales y el nicoleño Pascual Subiza era Diputado Nacional, los productores vieron probable la concreción de un viejo proyecto destinado a la mejora de la calidad de la producción: la Escuela de Vitivinicultura.
La formación de las futuras generaciones en el manejo de frutales, viñedos y vinificación era un tema de debate permanente. No podían lograrlo experimentando separadamente cada uno en su quinta. Era necesario contar con un centro de investigación común, cuyos desarrollos beneficiara a la industria en general. Los productores abordaron el proyecto desde varios frentes: convencieron a las autoridades municipales y a los funcionarios encargados de la política educativa del gobierno nacional y, por otra parte, lograron ingresar al Centro Vitivinícola Nacional, entidad empresaria que atendía los intereses bodegueros desde 1905. Por medio de éstas acciones obtuvieron una serie de logros favorables al proyecto. Consiguieron que, el 9 de diciembre de 1925, el gobierno municipal, dominado por los radicales de Subiza, autorizara al intendente a entregar tierras municipales al gobierno nacional para construir un edificio destinado a la instalación de una Escuela de Vitivinicultura y una finca de experimentación. Además, lograron que el 3 de noviembre de 1925, el Centro Vitivinícola Nacional, estableciera en San Nicolás una Subcomisión Regional “accediendo a reiteradas manifestaciones de algunos industriales y fruticultores de la región”. En enero de 1926 la Subcomisión se dirigió a la Administración de Impuestos Internos del gobierno nacional solicitando “solución a asuntos favorables a los intereses vitivinícolas”. El 17 de septiembre de 1927, Pascual Subiza presentó a la Cámara de Diputados de la Nación el proyecto para la creación de una Escuela vitivinícola, frutihortícola y enológica en San Nicolás especializada en frutales y vid, con una bodega modelo para enseñar la técnica enológica y la construcción de un edificio destinado al internado de los estudiantes. La Escuela dependería del Ministerio de Agricultura de la Nación y sería eminentemente práctica, con un curso de dos años trabajando sobre el terreno. Los egresados saldrían capacitados para desarrollar el cultivo de frutales, viñedos y con conocimientos de enología. El cuerpo docente estaría integrado por dos ingenieros agrónomos y un capataz para la atención de cuarenta alumnos. El proyecto fue aprobado con la inclusión de una partida de doscientos mil pesos en el presupuesto del Ministerio de Agricultura para el año 1929. Pero la escuela nunca se construyó. Quizá la política del gobierno del General José Uriburu, que a través de un golpe militar derrocó al gobierno constitucional del presidente Hipólito Yrigoyen, no coincidió con los intereses nicoleños. (2).

(2) Alvarez, Walter. El Vino Nicoleño. 2005

El volumen de producción de frutas justifican la propuesta de los productores para aumentar el conocimiento técnico acerca del manejo de las plantas. Los datos registrados en El Libro de Perón correspondientes al año 1945 totalizan 485.387 árboles frutales y dan cuenta de la extensa variedad, muchos de ellos implantados a modo de experimentación o para consumo familiar. 405.445 eran durazneros que producían 14.750 toneladas anuales. Le seguían los damascos, con 20.000 plantas y una producción de 125 toneladas, naranjos dulces con 15.000 plantas y una producción de 50 toneladas, mandarinos con 10.000 plantas y 45 toneladas, ciruelos con 7.600 plantas y 10 toneladas, cerezos con 5700 plantas y 3 toneladas. Luego le seguían 6000 perales, 5000 manzanos, 3.500 limoneros, 4.000 de otros citrus no especificados, 1200 membrillos, 800 higueras, 250 moreras, 150 granados, 120 paltas y 100 limas. También, en memos de 100 plantas, había almendros, nogales, avellanos, castaños, nísperos, naranjos agrios, pomelos, toronjas, cidras, bananos, guayabos, kakis y tamarindos.
Para comparar: en 2011 la localidad de San Pedro, que representa el 16% de la producción nacional, obtuvo36.000 toneladas de duraznos, cuando en 1945 San Nicolás producía 14.750 toneladas.

En plantas industriales había 80 árboles de olivos, 1200 hectáreas de viña para vinificar y 125.000 plantas de uva de mesa.

En cuanto a la ganadería al 30 de septiembre de 1943 había 17.396 cabezas de ganado vacuno, 11.697 yeguarizos, 10.576 lanares y 20.072 porcinos.



El capítulo cuatro es una reseña económica subtitulada: valores, banca, industrias, comercio. Tiene cuatro partes: el puerto y la aduana, el valor inmobiliario, bancos ahorros y estadística general e industria y comercio.

La recuperación del puerto de San Nicolás de los Arroyos, antes en manos de una Sociedad privada que lo tenía inmovilizado, fue uno de los estandartes de la política de nacionalización de las empresas privadas, que llevo adelante el primer peronismo. El primer peronismo nacionalizo 13 puertos, el primero fue el de San Nicolás de los Arroyos. Tal fue la magnitud simbólica de ese acontecimiento que, como dijimos, el mismo Perón con todo su gabinete se traslado a la ciudad para plantar la piedra fundamental de su política, al nacionalizar el puerto nicoleño. La nacionalización se registró a fines de 1946. El libro de Perón, impreso en noviembre de 1948, le dedica doce páginas a ensalzar el acontecimiento. Se destaca la reproducción del discurso pronunciado por el Ministro de Obras Públicas de la Nación, General Juan Pistarini en la toma de posesión del puerto, antecedido por la premonición: “Por considerarlo un verdadero documento que a la distancia del tiempo servirá de semblanza de estos momentos, se reproducen sus términos a continuación”. Ahora, en el futuro de ese pasado, e iluminado por el revisionismo en boga, pues, lo reproducimos, para notar que efecto causa:

"Señores, ciudadanos de San Nicolás: "Esta ciudad y puerto de vuestros afanes y de vuestro cariño es muy ilustre, y con justo título, en los fastos de la patria. Fué aquí, en San Nicolás, donde en histórica reunión se concertaron los acuerdos decisivos que hicieron viable la organización política del país y marcaron para él el comienzo de una pacífica vida institucional. Los hombres de esa época argentina tuvieron entonces su propio grave problema y lo resolvieron con tino y energía, utilizando los mejores medios a su alcance. Hoy podemos decir de ellos que triunfaron en una difícil empresa de conciliación política. Los tiempos han cambiado y otros son los hombres y los problemas que animan al acontecer nacional; pero es la misma pasión argentina la que nos mueve a quienes hemos llegado a San Nicolás en este día de júbilo para su pueblo. También nosotros nos esforzamos, bajo la inspirada dirección de otro general del mismo glorioso ejército de la patria. Nuestro objetivo es también objetivo de conciliación en un grado seguramente más profundo, porque es la conciliación social de la familia argentina la que buscamos al propiciar una colaboración de clases productoras, fraternal y justiciera. Estamos firmemente dispuestos a imponer el triunfo de nuestro jefe en esta empresa, que la historia sabrá unir para siempre con el nombre del general Perón. Para este triunfo contamos principalmente con su capacidad y clarividencia, respaldadas decididamente por el pueblo, que ha reconocido en él a un genuino intérprete de los destinos nacionales. Señores: Cada uno de nosotros tiene una tarea a realizar en este esfuerzo de grandeza nacional que acaudilla el general Perón. Si producir es la consigna, que producir sea como una palabra milagrosa que reanime nuestras fuerzas y avive nuestra fe. No olvidemos que así como vivimos el presente, construimos el porvenir y que la felicidad nacional no nos caerá de afuera, sino que será hija de nuestro propio esfuerzo. Y cuando hayamos consolidado esta gran nación, cuando la patria sea una espléndida realidad definitiva, habremos culminado una obra maestra fundada en dos pilares inconmovibles: una revolución a la que dimos nuestra fe y un hombre al que le dimos nuestra confianza y nuestro amor".

Excepto la fábrica textil La Emilia, a lo que se llamaba establecimientos industriales, eran pequeñas fábricas de productos manufacturados. Una estadística del año 1943 registra 164 industrias. Algunas de ellas son Aguas gaseosas, jabón y velas, insecticidas, dulces y conservas, hielo, artículos sanitarios, mosaicos, pastas, embutidos, escobas, muebles, productos químicos. La verdadera fuerza económica estaba en el campo. Las exportaciones que se realizaban por el puerto eran exclusivamente productos agrícolas (maíz, lino, tigo y otros cereales) provenientes de las chacras nicoleñas y de la zona. El mayor tonelaje se exportó en el período 1930/31 con 1.268.245 toneladas de las cuales 1.199.601 fue maíz. Este número bajó durante la segunda guerra mundial, pero volvió a incrementarse a partir de la nacionalización del puerto. Los productos de las quintas (frutas y vinos) se distribuían por medio de carros, primero, y camiones, después, y, salvo un buque cargado con vino que partía del puerto local rumbo a Entre Ríos, y que era gestionado por el enólogo Julio Monti, las quintas y el río no se miraban de frente. Los cereales viajaban en barco y las frutas en tren.

Las quintas formaban un arco alrededor de la ciudad y más allá estaban las chacras cerealeras y ganaderas. Ese arco que formaban las quintas era el que estaba destinado a desaparecer. Fueron avanzados por los proyectos inmobiliarios, por los barrios obreros, de un lado y por la soja chacarera por el otro. Todo ese territorio, que 100 años atrás había sido colonizado por inmigrantes europeos, a principios de la década del 50 era nuevamente colonizado, esta vez por inmigrantes interiores, provenientes de las provincias, atraídos por el trabajo de construcción de los emblemas industriales del peronismo, las grandes industrias. La tercera fundación de la ciudad. Esa transformación tuvo su mito fundacional en la “producción”, “la construcción del provenir” y “la felicidad nacional” de la que habla Pistarini en su discurso. El discurso fue pronunciado el 2 de marzo de 1947. Podría esa ser la fecha de defunción de la San Nicolás de las quintas. A partir de allí los quinteros fueron recluidos al pasado y, como todo lo pasado, reinterpretado. Al tesón del inmigrante, al trabajo a destajo contra la naturaleza, al imponerse del hombre y dominar las fuerzas atmosféricas para transformarlas en felicidad, se les dio la oportunidad de retirarse al geriátrico de la historia. La cultura de la tierra fue reemplazada por la cultura del tocho y la palanquilla, que aun nos adoctrina. La disolución de este mundo no se dio sin conflictos. “El proyecto metalúrgico se había instalado decididamente en la zona, y la construcción de SOMISA implicaba el empleo de miles de profesionales y obreros. Como la ciudad no contaba con la infraestructura necesaria para alojarlos, los ingenieros de la Dirección de Fabricaciones Militares encararon la construcción de un barrio para mil quinientas familias. El ingeniero René Buitrago fue el encargado de determinar el lugar donde se construiría el barrio, y eligió las tierras ubicadas a lo largo del bulevar Saavedra, donde los quinteros tenían sus viñedos y bodegas. Los agentes gubernamentales ofrecieron 90 centavos por metro cuadrado por la compra de las tierras, viviendas y bodegas. Los quinteros pretendían el doble, y se negaron a vender. Esto ocasionó un conflicto de intereses entre quienes se autoproclamaban “industrialistas”, y se identificaban con “el progreso”; y los quinteros y bodegueros, a quienes aquellos acusaban de retrógrados. El campo simbólico donde se dirimió esta batalla fueron los diarios El Norte, El Tribuno y El Progreso, los dos primeros bajo la influencia de Román Subiza, Ministro de Gobierno del Presidente Perón.

El titular del artículo publicado por el diario El Norte, el 11 de julio de 1948, es un ejemplo de la forma en que los primeros manifestaban su posición: “No puede ser. Perjudica a San Nicolás las pretensiones abusivas de ciertos propietarios”. La estrategia del artículo consistía en vincular a la futura industrialización con el progreso, y a los propietarios de las tierras con la resistencia a él, y los acusaban de querer sacar una ventaja desmedida de la situación en que se encontraban, retrasando la llegada del desarrollo.

El día 17 de julio, el editorial del mismo diario propuso, sin eufemismos, la expropiación de los terrenos.

El diario El Tribuno (que, aunque estaba controlado por el peronismo, se presentaba con el epígrafe “Que se rompa pero que no se doble”), en su edición del 14 de julio de 1948 titulaba: “Rigurosamente debe procederse contra quienes entorpecen el progreso nicoleño”. Y continuaba: “La instalación en la zona de San Nicolás de la segunda planta siderúrgica argentina ha provocado en el ambiente un sacudimiento que se ha traducido en una reactivación económica de indudable influencia bienhechora para nuestro pueblo. Es el caso del Poder Ejecutivo Nacional, como lo prometiera el General Perón en su visita a San Nicolás, que ha de hacer ganar a nuestra ciudad los sesenta años perdidos, durante las cuales la Sociedad Puerto puso vallas a nuestro progreso. Ejecutores de estos designios han sido el doctor Román Subiza, Secretario Político de la presidencia y alentador de todas las obras de reactivación económica en nuestro medio desde su alta posición, y el General Manuel Nicolás Savio, Director General de Fabricaciones Militares (...)Resulta de todas maneras lamentable ver cómo hijos de este pueblo, que se ve ahora encaminado, por fin, a su verdadero destino, por el esfuerzo de algunos hombres que ponen toda su energía en eso, entorpecen el progreso de San Nicolás con una conducta incalificable, digna del desprecio de todos los vecinos de nuestra ciudad. Y es por eso, que en nuestro pueblo se ha formado conciencia de la necesidad de expropiar de inmediato de las tierras necesarias para la construcción del barrio obrero...”.

En respuesta, viñateros y fruticultores publicaron en el diario El Progreso, una solicitada donde expusieron su posición: “...los encargados de ofrecernos precios de compra no han concretado en forma ni clara ni precisa cuánto se nos pagaría por nuestras mejoras. Sólo se nos formularon precios por la tierra libre. (...) ¿Cómo poder llegar a una conclusión si no hemos sabido lo que vale nuestra viña, ni nuestro monte frutal, ni nuestro monte cítrico, ni nuestro molino, ni nuestra vivienda, ni nuestra bodega etc, etc.? (...) ¿Cómo cristalizar así en forma tan vaga una operación que define en un solo instante el porvenir de nuestra zona y de nuestra azarosa vida? (...) Necesitamos destacar ante todo que los moradores de éstas quintas somos propietarios que tenemos cada uno en su pequeño predio cultivado en intensidad el único medio de vida, producto de largos e ininterrumpidos años de constante dura labor. Esta es época precisamente de resarcimiento no sólo por la valoración del producto, consecuencia de la gran cotización experimentada por los viñedos mendocinos, sino sobre todo porque acabamos de superar largos años difíciles y honerosos de filoxera, recién extirpada con la total renovación de cepas que han dejado ahora abierto el cielo promisorio de abundantes cosechas en compensación. Es además un hecho que la producción de vinos en el país, por las mismas razones expuestas, difícilmente superara por años su demanda ¿no es la verdad que resulta duro e injusto desprenderse de todo esto en su mejor momento y a precio no compensatorio?”

“Estamos viviendo por otra parte una hora nacional de evidente valorización general. Al abandonar nuestras quintas, incapaces los más de otro trabajo que no sea el que hemos venido hasta ahora realizando, nos veremos abocados al problema inmediato de subsistir con lo vendido. ¿Adónde iremos a readquirir, y a qué precio, obligados competidores involuntarios los unos de los otros? ¿ Y a quién compraremos en un momento en que nadie vende y en que todo el mundo pretende invertir sus dineros ante las perspectivas tentadoras del progreso nacional y sobre todo del progreso local resultante precisamente de las implantaciones fabriles en marcha? (...) Y aún la sugerencia de adquirir tierras despobladas con vistas a nuevas plantaciones no resulta viable. ¿Adónde han de obtener viñas injertadas cuya formación en viveros hasta el transplante requiere tres años de tiempo? ¿Qué cantidad de injertos se necesitarían para satisfacer el número de hectáreas exigido por cada nuevo poblador sin estar preparados para eso? Un viñedo sólo empieza a producir al cabo de cuatro o cinco años de su transplante. Descontado los gastos de formación de viveros y viñedos, hoy de cifras sencillamente fabulosas, aparte del impuesto fiscal de mil pesos por cada hectárea de nueva plantación ¿Qué indemnización debería dársenos para afrontar esos años improductivos que serían muchos, ya que resulta materialmente imposible materializar en sólo un año toda la plantación? (...) No nos oponemos al progreso local ni hacemos obstáculo para la venta. Nos cuesta un dolor, es verdad, desprendernos de lo nuestro formado a través de tres generaciones. Queremos ser solidarios con el progreso de nuestro pueblo pero a la solidaridad no podría exigirnos renunciamientos heroicos que están más allá de lo humano. Sabedores del espíritu de justicia social distributiva que anima al diario de su digna dirección, bien dentro de los postulados del gobierno nacional, “la tierra para quien la trabaja”, tenemos la certeza de ser comprendidos e interpretados”.

En respuesta a la solicitada el diario El tribuno, en su edición del 17 de julio, titula: “Los enemigos del progreso nicoleño no quieren aparecer como tales. Buscan justificar con futilezas su afán repudiable de querer enriquecerse a costa del Estado”.

Dos días después El Tribuno titulaba: “Quinteros y vecinos han pretendido realizar pingues negocios a costa del Estado”. Y en uno de sus párrafos: “.....¡hasta 60.000 pesos por hectárea piden algunos quinteros! De esos que lloriquearon públicamente su amor a las viñas y a los cítricos ¡cotizan bien altos sus sentimientos!"

El 21 de agosto de 1948 el gobierno nacional firmó el decreto de expropiación. El diario el Tribuno fue el encargado de dar la primicia. “Por decreto que lleva el número 25.081 el presidente de la República General Juan Domingo Perón dispuso dicha expropiación. (...) El doctor Román Alfredo Subiza, que desde la Secretaría Política de la Presidencia de la Nación ha sido el más entusiasta propulsor de esta obra llamada a cambiar la fisonomía de San Nicolás, transformándola en un emporio fabril, el más grande de Sudamérica, ha conseguido con esta resolución del Poder Ejecutivo un nuevo triunfo con su incansable labor por la grandeza de su ciudad natal, y hasta él ha de llegar con tal motivo numerosos mensajes de felicitación”

En total se debían expropiar doscientos ochenta y seis hectáreas. Pero, debido al lobby de autoridades eclesiásticas cercanas el Presidente Juan Domingo Perón, la expropiación se suspendió. El barrio de 1500 viviendas se construyó en el margen del arroyo Ramallo y se lo llamó barrio Somisa. (3)

(3) Alvarez, Walter. El Vino Nicoleño. 2005

La disolución de este mundo arrasó también su cosmovisión. En 2012 viaje a Génova, de donde emigraron, a mediados del siglo XIX, los Cámpora, Lagostena, Vigo, Parodi, Costa, Montaldo, Ponte, Corte, Lanza, para presentar la traducción al italiano del libro El Vino Nicoleño. Llevé a los actuales portadores de esos apellidos el saludo ancestral de los nietos de aquellos emigrantes. Grabamos un video donde los nicoleños Hugo Lagostena, Carlos Ponte, Olivio Cámpora, Roberto Cámpora, Osvaldo Nozzi y Alberto Regiuri, decían una palabras. En un momento, Hugo y Roberto, comenzaron a hablar el xeneise, el diálecto italiano que hablaban de pequeños y que aprendieron de sus padres y abuelos. Cuando se proyectó el video esto causó una gran carcajada entre el auditorio genoveses. Me llamó la atención esa reacción. Pensé que Hugo y Roberto habían contado un viejo chiste. Pero no. Ocurrió que el xeneise que ellos hablaron fue el que se hablaba en Génova100 años atrás, cuando ellos dejaron su tierra natal para nunca más volver, y que no es el mismo que el que se habla actualmente en Génova. Habían quedado anclados en el tiempo y el idioma, ese ser vivo que transmuta, los había delatado. Tal cual su xeneise se había fosilizado, la historia de los quinteros, su cultura y su cosmovisión, comenzaría a congelarse a partir del 2 de marzo de 1947. El 2 de marzo, que en San Nicolás de los Arroyos es una fecha untada de un alto valor simbólico, por conmemorarse el primer combate naval argentino, ocurrido en aguas del Paraná nicoleño, disparaba ahora un nuevo sentido para quienes estaban condenados a transformarse en pasado.

¿Que es un pasado sino una construcción del presente? Lo interesante del Libro de Perón es la presencia de ese pasado en estado de pureza, el cual permite advertir todas las capas de reinterpretaciones del que ese pasado, hoy, está hecho. Poder comprobar es que medida sus proyecciones se cumplieron. Es jugar a la lotería con los números cantados, es visitar al oráculo para ponerlo aprueba.

En 1948 el oráculo peronista hablaba de “Radicación de industrias y las nuevas industrias en formación en San Nicolás de los Arroyos”. En este ítem se transcribe un artículo periodístico publicado el 16 de abril de 1948 en el diario La Prensa. Cuenta que en 1943 un grupo de vecinos formó una comisión para impulsar la radicación de industrias e, inspirados por el Rotary Club, se pusieron a buscar los capitales. El texto destaca el espíritu de sacrificio que habitualmente mitifica a los emprendedores y, como todo mito, intentan naturalizar esta política, afirmando que “en todos los ánimos se halla arraigada la convicción de que la iniciativa privada es un instrumento positivo y muchas veces se ha convertido aquí (en San Nicolás) en guía de iniciativas oficiales.”

Indica que existen en la ciudad más de 100 industrias que dan trabajo a diez mil obreros y que se espera el arribo de 4000 más para trabajar en las industrias en formación. Esto sucedió casi 20 años después, cuando la población pasó de 42.000 a 64.000 mil habitantes en la década del 60.

Sin embargo estos datos se contradicen con otros publicados páginas antes, provenientes de la Dirección de estadística e investigación del Ministerio de economía, hacienda y previsión de la provincia de Buenos Aires donde registra para el año 1941 201 establecimientos industriales con 2007 empleados. Esta cifra se acerca más a la realidad si tenemos en cuenta que el censo del 10 de mayo de 1947 le asigna a San Nicolás de los Arroyos una población de 42.427 habitantes. 24.829 residían en la ciudad y 17.598 en el campo. Las industrias estaban instaladas en el casco urbano y por lo tanto es posible suponer que sus empleados provenían de ese sector. Con una población económicamente activa del 30%, y descontando a los empleados comerciales (existían 584 comercios), es probable que la cifra de habitantes que empleara la industria fuera más cercana a 2000 que a 10.000.

De las industrias existentes destaca la fábrica Plastiversal, que elabora resina sintética y laminados y engranajes para automóviles; la construcción de una fábrica hidráulica de electricidad para la cual las aguas del arroyo de medio se desviaron a un canal de dos kilómetros de longitud hacia un salto de once metros de altura; una fundición, creada en 1865; la fábrica de paños La Emilia, instalada a fines del siglo XIX; fábricas de dulces y conservas que en época de cosecha de arvejas y frutas ocupan a centenares de obreros y por último destaca la existencia de 44 bodegas y 240 pequeños productores que el año anterior vinificaron 7.850.000 kilos de uva obteniendo 25.000 cascos. Los viñateros vendieron la uva a un promedio de 30 centavos el kilo de uva para vinificar.

En 1944 el Gobierno Nacional fijo un precio máximo para el litro de vino de $0,80 (tintos, claretes o criollos) y $0,85 (blancos secos) (4). Tomando ese precio como referencia (obviando las distorsiones que generalmente se producen) en 1944 los bodegueros nicoleños facturaron 6.280.000 pesos (la mayoría de los bodegueros vendía el vino sin intermediación) En 1943, según datos de la Dirección General de Rentas de la provincia de Buenos Aires, la suma del capital de los 584 comercios y 164 industrias existentes en el Partido es de 23.183.479 pesos. Estos datos dan una idea de aporte económico que la industria vitivinicola significaba para la economía local.
(4) HIRSCHEGGER, Ivana “Agroindustrias y políticas públicas. El caso de la vitivinicultura mendocina durante el peronismo clásico (1946-1955)”, prohistoria, Año XIV, número 14, Rosario, Argentina, 2010.

Cada vez que cuento esta historia, y luego de maravillarse por el paraíso perdido, todos preguntan: ¿Y de todo eso no quedo nada, ningún viñatero se quedó con algunas parras? La respuesta es siempre la misma: No, no quedó ni siquiera una planta.









Dibujos que ilustran el libro. Firmadas por Tessarolo, 1948

El capítulo cinco describe la Acción Educativa, Social y Cultural.

En la descripción de las instituciones educativas, entre las que se destacan la escuela normal, el colegio nacional, y la escuela nacional de artes y oficio, hay un dato no muy difundido y es el de las familias irlandesas que se asentaron en la zona. El texto relata como “las familias italianas del barrio de las quintas solicitaron el establecimiento de las Hermanas Hijas de Maria Auxiliadora, rama femenina de la obra de Don Bosco, a fin de que procurase la educación de sus hijas”. Para su establecimiento Santiago Montaldo donó la casa de boulevar Saavedra 554 (hoy Avenida Savio), donde hasta hoy día funciona. Las clases comenzaron el 5 de febrero de 1891. Comenzó a funcionar con 40 alumnas en el primer año “pues las quintas estaban distantes unas de otras, y los caminos eran difíciles por no haber calles pavimentadas; sin embargo, aunque lentamente, año tras año aumentó la inscripción. Las familias más acomodadas prestaban su cooperación para el sostenimiento del colegio, entre ellas las de Montaldo, Lanza, Vigo, Cámpora, etc, apellidos que figuran entre las primeras alumnas. Asimismo las acción del colegio se limitaba a la zona agrícola, pero el sistema educativo aplicado y el espíritu de familia en él reinante, le dieron popularidad, por lo que no tardaron las familias irlandesas de las estancias vecinas en enviar a sus hijas, segura de que su educación sería completa y muy de acuerdo con las tradiciones cristianas de su país de origen. Adaptado el local para internado, se organizó un pupilaje con 40 niñas de las primeras familias irlandesas establecidas en la zona, figurando entre ellas los apellidos: Ussher, Crowley, Griffin, Murphy, O´Tool, Sanan, Coffey y otras.”
Hoy se desconoce la historia y el destino de esas familias irlandesas, las cuales seguramente, se dedicaron a la cría de ovejas en la zona rural más alejada del Partido.

El capítulo seis describe la Acción comunal y la red de comunicaciones

El capítulo siete anuncia la Planificación urbana y rural de San Nicolás. Fue escrito por el ingeniero civil José Bonilla. (5) Como una premonición, sugiere que la ciudad debe “Aprovechar la gran oportunidad que se le presenta la haber sido elegida para radicar industrias de inusitada importancia”. Se presenta a la ciudad como una tierra donde algo grande está a punto de suceder. Se vislumbra un futuro, y como todo futuro se imagina sobre los restos de un pasado. Se previene que hay que planificar la ciudad, a través de un plan preventivo y que no hay mucho tiempo para perder porque el cambio es inminente. Es decir, sin posibilidad de digerirlo; un cambio que nos iba a engullir. “la radicación acelerada de industrias sin conformidad a un plan y la incorporación del personal para las mismas sin una estructura basada en las unidades vecinales puede resultar negativa socialmente”, dice, el ingeniero. Y machaca: “San Nicolás en su estado actual, tanto en lo urbano (por resultar que su estructura física en general debe ser renovada, lo que se producirá con un plan o sin él), como la zona rural, que ha tenido un buen uso al ser reformada por el hombre, se encuentra ante la oportunidad real de modelarse de acuerdo con un plan que prevea la incorporación del desarrollo industrial en cierne y encauce el paso de su economía agropecuaria-industrial dentro de un equilibrio social-físico económico que represente una posibilidad para que sus hombres vivan mejor y no solamente que la producción del partido sea mayor. Es decir, el bienestar del pueblo que habite la región debe ser el propósito de todo esfuerzo, y no que se produzca más acero, bicicletas, etc.; evitar que suceda lo que en las ciudades industriales europeas, en que la producción y su costo era el único objetivo y el hombre una mercancía más. Por suerte, el hombre ha sido redescubierto como objetivo principal del esfuerzo y todos los demás deben ser medios, para ello.”

(5)  José Bonilla presidió la División Técnica de Planeamiento y Urbanismo del Centro de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires. Escribió diversos artículos y libros, varios de ellos en colaboración con José M. F. Pastor, con quién además realizó una importante cantidad de planes regionales y urbanos hasta la década de 1970.

Pero que sucedió en realidad: Como vimos la construcción y puesta en funcionamiento de las grandes industrias atrajo una enorme inmigración provinciana y de países limítrofes. Cuando Bonilla, en 1948, suplicaba prestar atención a la planificación de la futura ciudad industrial, el partido tenía 42.758 habitantes. Cuando el proceso estaba en plena marcha, en la década del 60, llegó a 64.050. 56.766 vivían en la ciudad y 7.284 en el campo. En la década del 70 ya éramos 82.925, 71.055 en la ciudad y 1.870 en el campo. Cinco años después 95.353 y en la década del 80, 113.541. En el campo solo quedaban 3.426 personas. La ciudad de San Nicolás, cabecera del partido, tenía 96.763, era la 20ª ciudad más poblada del país. Había 30.909 casas en la ciudad y 943 en el campo. Eramos la cuarta ciudad de la provincia de Buenos Aires, después de La Plata, Mar del Plata y Bahía Blanca. Hoy somos 150.000.
En la década del 60, hacia el sur, el cartel de fin de zona urbanizada estaba en la calle Cavalli, a 23 cuadras de la plaza Mitre, el casco fundacional.
En 1946 comienza a formarse la Villa Pulmón con los primeros provincianos que llegaban buscando un trabajo en las promisorias industrias que se anunciaban. Quizá Bonilla fue testigo de la formación de ese asentamiento de casillas y pobreza y sintió el espanto de su multiplicación. Después vinieron otros, Villa Cavalli, que se formó como un apéndice de la fábrica del mismo nombre, barrio Los Provincianos y Villa Piolín, que unen en un sendero de miseria las avenidas Rivadavia y Savio, ambas conducentes a la zona industrial.

Fotos publicadas en El Libro de Perón del San Nicolás de 1948 y comparación con la ciudad actual.

La zona oeste, despoblada.
La zona norte, despoblada.
La zona sur, despoblada.
                                      
El arroyo Ramallo sin la fábrica ni el barrio Somisa.
Vista de norte a sur.

El casco céntrico, atrás las industrias.

Al fondo, el vapor de Somisa.

Vista de sur a norte.

Las fotos actuales: originally posted by Romanito
Entre finales de la década del 40 y principios del 50 comienza la construcción de las tres grandes industrias, En 1958 inició su actividad la Alcoholera, una inmensa fábrica cuya construcción había comenzado en 1947. Si bien sólo trabajó un año, su montaje demandó una gran cantidad de mano de obra del interior y del exterior del país, específicamente checoslovacos, que luego se afincaron en la ciudad. En 1957 se puso en marcha una Central Termoeléctrica que superaba los quinientos empleados. En 1960 inició su actividad formal Somisa, que había comenzado a construirse diez años antes. Junto a éstas grandes industrias, otras diez, más pequeñas, generaban tres mil puestos laborales. La instalación de las grandes fábricas atrajo gran cantidad de empresas metalúrgicas que orbitaban a su alrededor. A mediados de la década de 1970, funcionaban otras cuarenta y cinco empresas: treinta y tres metalúrgicas, tres frigoríficas, dos químicas, dos textiles, dos alimentarias, dos agroindustriales y una de premoldeados.

Los barrios para estos obreros se levantaron en los terrenos de las viejas quintas, las cuales fueron requeridas por el negocio inmobiliario No era sencillo para los quinteros negarse a lotear sus quintas ante dos realidades inapelables: por un lado, las jugosas ofertas que efectuaban las inmobiliarias y por otro la evidencia de que, por más que intentaran resistir, tarde o temprano el desarrollo urbano los desalojaría.

A mediados de la década del 60, el negocio de la venta de terrenos estaba en pleno auge. La inmobiliaria Glaría y Cía publicaba desde 1961 una revista llamada “Pregón inmobiliario”, donde se publicitaban la venta de terrenos. En su número del año 1965 destacaba loteos en la zona sur a ambos lados de la ruta 188. En un croquis adjunto figuraban los nombres de los propietarios de las tierras. Eran Ponte, Cámpora, Montaldo, Di Santo, Leoni, Biava, Vigo, Lanza, Passaglia, entre otros. “Puede apreciarse en el croquis”, decía el aviso, “la magnífica ubicación de éstas tierras". “Por su proximidad a grandes centros fabriles y a importantes barrios en formación, es indiscutible que con el desarrollo de la ciudad adquirirán un elevado valor, de ahí que la recomendamos como la mejor inversión de sus ahorros!!!”

En una sección titulada: “El remate de las quintitas...”, profetizaba: “Constituye, sin lugar a dudas, una verdadera oportunidad. En distintas ocasiones se nos ha solicitado fracciones que no excedieran en mucho a una hectárea de tierra, para ser aplicadas a diversas explotaciones. En realidad, rara vez nos fue posible complacer dichos pedidos, pues quienes tienen terrenos suburbanos en San Nicolás prefieren subdividirlos en pequeños lotes para viviendas dado que su venta en tales condiciones resulta más productiva”.

Todo este tramado urbano se hizo sin tener en cuenta la planificación aconsejada por el ingeniero Bonilla. La consecuencia de esta (como llamarla) desprolijidad va desde barrios construidos en una cuenca natural de agua, por lo que se inundan inexorablemente, hasta las enormes distancias que los miles de metros de cañerías de agua, gas y cloacas debieron recorrer para asistir a toda la ciudad. Esto retrasó el progreso anunciado. Recién en 2013, es decir 65 años después, los barrios más alejados cuentan con todos los servicios.

En otro párrafo Bonilla aclara: “La actual estructura física de la ciudad, especialmente en su zona central, debe ser renovada; la vida física de la misma está vencida, he ahí la posibilidad de hacerlo conforme a un plan que permita no solamente construir casas nuevas, sino que a medida que se va reedificando, se construya la ciudad nueva; no costará más, costará lo mismo, pero se tendrá una ciudad adecuada a los requerimientos y posibilidades de la época que vivimos, pues cada generación, si bien respetando sus valores auténticos y el espíritu de lo tradicional, debe vivir su propia vida, debe hacer su propia historia, debe acrecentar su patrimonio y no vivir de la herencia de sus antepasados. San Nicolás puede llegar a ser METROPOLIS REGIONAL, por su puerto, por su jurisdicción administrativa y judicial, por su acervo cultural y económico, por el progreso industrial que se avecina, factores éstos que sumados representan los atributos de una ciudad fuerte, espiritual y materialmente. Pero todo esto no se consigue con sólo desearlo, sino por una fuerte voluntad de hacer, que debe surgir de las entrañas mismas del pueblo de San Nicolás. A San Nicolás le ha llegado la hora histórica de HACER, y si no canta el momento se le puede pasar la gran oportunidad.”

Las casas nuevas se construyeron también, sin planificación y así se destruyó el patrimonio arquitectónico del casco fundacional. Solo quedan en pie los monumentos: las sedes de las colectividades extranjeras, el teatro, algunas escuelas, los tribunales, la municipalidad, el club social, la aduana, la Casa de Félix Bogado (de1830) y algunos más. El Mercado del norte se demolió. Solo el del sur se salvó gracias a la insistencia de Santiago Chervo, que allí instaló el museo de la ciudad. Entre las aberraciones cometidas hay una emblemática: el edificio construido al lado de la Catedral, frente a la plaza Mitre, sitio donde se fundó la ciudad.

Bonilla también advierte sobre el peligro de generar una ciudad masa: “El problema del tiempo libre es un problema social que debe preocupar hondamente, pues si bien debe dedicarse tiempo a la práctica de los deportes, a la práctica de actividades culturales, debe en primer término ocuparse del gobierno de la comunidad en que vive y no sólo depositar el voto el día de las elecciones, pues si queremos vivir una democracia, ella no puede ser contemplativa, debe ser activa; pero aquí aparece otro defecto físico de las ciudades: el gigantismo de las mismas, de que tanto nos enorgullecemos, conspira contra la vida cívica de sus habitantes. Los sociólogos, al estudiar este problema de ciudades masa, llegan a la conclusión de la necesidad de crear unidades vecinales de dimensiones tales que permitan el conocimiento de sus habitantes, de sus ideas, de la cooperación, etc. Este concepto de unidad vecinal ha ido tomando forma y los proyectos de planeamiento urbano y aún las realizaciones de diversos países los han incorporado; pero veamos en detalle qué se entiende física y socialmente por unidad vecinal. Socialmente definida, la unidad vecinal es el grupo que sigue a la familia, y un grupo de unidades vecinales integrado forma la ciudad, pero sin perder su personalidad, como no la pierden los miembros de una familia; posee y sostiene las instituciones cívicas, educativas y sociales primarias y el conjunto de unidades que forman la ciudad mantiene las secundarias. Su dimensión, en función del tránsito y de la densidad de habitantes por hectárea, debe estar rodeada por una avenida de tránsito rápido y sus calles interiores deben ser de tránsito vecinal exclusivamente. Las distancias entre la habitación, el trabajo, la escuela, el campo de deportes, etc., están determinadas por el módulo peatón, que en diez minutos de marcha normal debe poder hacer esos recorridos, de lo que se deduce que la distancia será aproximadamente de 1.000 metros. La diferenciación del tránsito es otra de las características, es decir, que el sendero para peatones no debe cruzarse con el tránsito automotor. El elemento nuclear de la unidad vecinal es el parque, donde se ubica la escuela, el pequeño centro cívico-comercial, los campos de deportes, etc.”

El único proyecto que se concretó siguiendo este lineamiento fue el barrio Somisa. Aún hoy, los políticos, en sus plataformas electorales hablan de descentralizar la ciudad en tres sectores, para descongestionar el centro y acercar el municipio a los barrios.

Actualmente la ciudad cuenta con 100 barrios. El único servicio que se descentralizó fue el de salud con la instalación de dispensarios. Para realizar cualquier otro trámite los nicoleños de los barios deben ir al centro, generando congestiones permanentes en el tránsito y largas colas en dependencias públicas.

Dos mitos fundan a la San Nicolás contemporánea. El de ser una ciudad elegida e invadida a la vez. Ambos mitos tienen aún vigencia. Si los muchos foráneos advierten una pizca de soberbia o cerrazón en el carácter conservador del nicoleño responde a ese doble mito. Fuimos elegidos por unitarios y federales para iniciar y finalizar batallas por ser ciudad frontera, fuimos elegidos por Urquiza para legarnos para siempre el mote de ciudad del Acuerdo, por Don Bosco para enviar su primer misión a América y fundar el primer colegio salesiano fuera de Italia, por los inmigrantes europeos para edificar la proeza vitivinícola más grande de espaldas a la cordillera, por Perón para convertirnos en los depositarios y símbolo de la Argentina Industrial Nacional, por los provincianos para multiplicarnos y cambiarnos el mote de arroyeños por el de nicoleños, por Menem para destruir ese proyecto y privatizarnos por completo y hoy fuimos elegidos por la Virgen para convertirnos en uno de los centros de peregrinaje religioso más grande del mundo. Nunca nos faltó motivo para el asombro. Por eso los nicoleños siempre estamos esperando. Excepto a Darwin, que pasó sin que nadie se enterara, y nos legó un párrafo (6), esperamos el paso de Belgrano y el de San Martín, cuando iban a espantar realistas. Esperamos los restos de Sarmiento, quien pasó ya finado, cuando lo traían por el Paraná desde Paraguay a Buenos Aires. Lo esperamos a Gardel, que venia de triunfar en NY a actuar al cine Palace, antes de que el coliseo muriera por primera vez (ya que su segunda muerte fue cuando, ya convertido en patrimonio, nadie pudo evitar su demolición). Lo esperamos a Mitre, que al regresar triunfante de Pavón, hizo una parada técnica acá y le dio nombre a la única calle del país que se llama así: De la Nación. Y así seguimos esperando toda la vida.
Pero ser elegidos también nos hizo sentirnos invadidos. Fuimos elegidos pero no pudimos elegir nuestro destino, la historia se nos cayó encima. Cada ciclo comenzó con una irrupción y dejó atrás una disolución. Actualmente en la ciudad todavía vive la primera generación de hijos nicoleños de provincianos. Nuestras raíces son débiles. No hemos adquirido el hábito de recordar. A pesar que permanecen, muchas veces ocultas y otras ocultadas, las huellas de cada sucesión, para conectarnos con el pasado, no nos molestamos en buscarlas. Miramos hacia delante, a ver quien viene. Eso es fácil de descubrir, lo difícil es captar el sentido de ese pasado. ¿Qué hicieron los hombres que advirtieron que el mundo que habían creado dejaba de existir? ¿Cómo asumieron esos cambios de ciclos? El ciclo de la naturaleza por el de la máquina. ¿Con que representaciones dibujaron esa caída? Estas preguntas están aún sin responder.
En San Nicolás de los Arroyos la historia acelera. Y ante cada invasión nos cerramos en círculos concéntricos cada vez más pequeños, mientras los invasores nos circunvalan y nos dejan atorados de comidas, canciones, idiomas, pensamientos, chillidos y ambición. Todo mezclado, todo revuelto, todo manchado, como en un crisol.

(6) “Continuamos nuestro viaje a través de las llanuras. Todas ellas de igual carácter. En San Nicolás veo por vez primera ese magnífico río que se llama Paraná. Al pie del acantilado en el que se alza la ciudad, hay anclados muchos y grandes navíos.”

Apéndice. La edición del libro fue auspiciada por comercios e industrias, algunas de la ciudad.